Por José María Posse - abogado, escritor, historiador

El Patriarcado de Antioquía fue fundado por San Pedro y San Pablo -como consta en el Nuevo Testamento- unos 10 años antes de que San Pedro y San Lino organizaron las primeras comunidades cristianas en Roma. Fue allí donde los seguidores de Jesús fueron llamados Cristianos por primera vez.

El Concilio de Calcedonia reconoció a la sede de Antioquía el rango de Patriarcado. Pero, paradójicamente, las reacciones ante la enseñanza del mismo Concilio ocasionaron entre los cristianos antioquenos un cisma que, lamentablemente, todavía perdura.

La Iglesia ortodoxa griega de Antioquía es regida por el Santo Sínodo. Éste está compuesto por el Patriarca y todos los metropolitanos activos. Se reúne al menos una vez al año y tiene entre sus funciones la elección del Patriarca y de los demás obispos, la preservación de la fe y la adopción de medidas contra ciertas violaciones del orden eclesiástico. Junto al Santo Sínodo hay un consejo general que congrega, además de los miembros del sínodo como tal, a un cierto número de representantes laicos. Éste consejo se reúne dos veces al año y tiene competencia sobre cuestiones financieras, educativas, judiciales y administrativas.

El Patriarca de Antioquía reside en la ciudad de Damasco, la capital de Siria. Sus fieles son los árabes cristianos, originalmente domiciliados en Siria y el Líbano, pero ahora dispersos también por el mundo. Son particularmente numerosos en América del Norte y del Sur, especialmente en la Argentina y en Tucumán.

La comunidad en el país

La Iglesia Antioquena llega a la Argentina con la inmigración siria y libanesa que comenzó hacia 1860; en su mayoría, sus fieles escapaban de las persecuciones del Gobierno Otomano en sus países.

El país les abrió sus brazos siempre generosos a los hombres de bien que desearan habitarla. Les garantizó libertad religiosa y social para trabajar y procurarse un porvenir para ellos y sus hijos.

A fines del Siglo XIX, en la segunda presidencia del general Julio Argentino Roca (1898- 1904), ya existían en el seno de la sociedad nacional, importantes y numerosos grupos de inmigrantes árabes de religión cristiana ortodoxa, que pertenecían al Patriarcado de Antioquía.

Fueron inmigrantes ortodoxos rusos quienes edificaron la primera Iglesia Ortodoxa que se construyó en el país, en 1890, ubicada en la calle Brasil al 300 de la Capital Federal. Pero la fe rompía las barreras culturales y los ortodoxos de otras nacionalidades concurrían y oraban juntos. En 1914, en Santiago del Estero, se erigió el primer templo ortodoxo del Patriarcado de Antioquía en Latinoamérica.

Identidad propia

Con los años, la comunidad ortodoxa antioquena comenzó a crecer. No solamente por el lógico resultado de la expansión demográfica, sino por la llegada de nuevos inmigrantes.

Sobre todo, durante la Primera Guerra Mundial, la opresión del gobierno turco hacía insostenible la vida de miles de ortodoxos en Medio Oriente, razón por la cual vieron en las comunidades en América, la oportunidad de asentarse en territorios donde podrían vivir en paz y armonía, expresando libremente su fe.

Por entonces ya la comunidad ortodoxa se encontraba esparcida en gran parte del territorio de la República. Fue cuando el Patriarca Ortodoxo de Antioquía, Gregorio IV Haddad (1906-1928) envió los primeros sacerdotes a efectos de otorgar auxilio espiritual y asistencia religiosa y claro está, para organizar definitivamente la Iglesia en la Argentina.

Hacia fines de 1918, llega al país Monseñor Ignacio Aburrus, primer Vicario Patriarcal para la administración de la Iglesia en la Argentina, Paraguay, Chile y Uruguay.

En 1927 Monseñor Miguel Jaluf fue designado como Vicario General Patriarcal; se encontraba en Córdoba hacía ya varios años, en carácter de sacerdote. Durante su estadía en aquella provincia, realizó tres viajes al interior de ese distrito a fin de reunir fondos entre los feligreses para la construcción de la Parroquia y del colegio.

Ya como Vicario efectuó varias giras por provincias del país. En esta década del 20, se estableció la primera sede episcopal en la ciudad de Buenos Aires, ubicada en calle Suipacha al 800.

En Tucumán

Durante la década de 1910, Tucumán fue el centro económico, político y social de la región. A pesar de los nacientes conflictos obreros y de sobreproducción azucarera, el progreso en todos los niveles era evidente.

La Universidad Nacional de Tucumán creada en 1914, iba convirtiendo a la provincia en el polo cultural regional; lo que se patentizó en una nueva intelectualidad, que atrajo como centro gravitacional a catedráticos y profesores de fama nacional e internacional.

El primer avión que había surcado los cielos tucumanos, dejó a todos soñando con el nuevo mundo que nacía impulsado por esas máquinas maravillosas, como los automóviles que, aunque en número reducido, ya transitaban por las calles empedradas del centro.

La plaza Independencia constituía el lugar de encuentro de la sociedad, donde las beldades de entonces lucían sus mejores galas los domingos, mientras daban “la vuelta del perro” a su alrededor.

El ejido urbano se desarrollaba hacia el norte y el oeste, destacándose la calle Maipú, la cual sistemáticamente iba llenándose de tiendas comerciales cuyos propietarios eran sirios y libaneses que llegaban a la provincia. Algunos tenían parientes afincados en la provincia, o habían escuchado de las oportunidades que se les abrirían en la poderosa ciudad del Norte Argentino. Allí se escuchaba con mayor frecuencia la particular fonética de su lenguaje, que se mezclaba con el también particular acento castellano de ésta parte del mundo.

Comerciantes prósperos

Muchos de los que llegaban comenzaban su fortuna vendiendo artículos de puerta en puerta, y se subían a los trenes para ir a ofrecer su mercadería a las poblaciones vecinas. Así, con esfuerzo, grandes sacrificios, tenacidad y honestidad, comenzaron a forjarse además de su fortuna personal, el respeto y la valoración social de los tucumanos.

Los árabes fueron acostumbrándose a la lluvia de maloja quemada que llovía del cielo en época de zafra, a los olores de los perfumados azahares de los innumerables naranjos y limoneros que se enseñoreaban por toda la ciudad. También a los extraños ruidos de los trapiches que trabajaban aún de noche en los ingenios cercanos.

Paradójicamente, ellos, que venían en su mayoría escapando de las persecuciones del Imperio Turco, como llegaban con un pasaporte expedido en Turquía -por entonces ejercía jurisdicción en sus países de nacimiento- eran conocidos como “turcos”, lo que no podía ser más hiriente a sus sentimientos. Hoy es tan sólo una curiosidad pero en aquellos tiempos, donde los cristianos ortodoxos de Medio Oriente eran perseguidos y ejecutados por la Policía y el Ejército turco, debió ser irritante que se los signara con ese nombre.

Lo cierto es que los sirios y libaneses trajeron consigo su acervo cultural; entre otras cosas, su cocina rápidamente conquistó el paladar de los habitantes de la provincia del azúcar. En la actualidad, una parte esencial de los platos preferidos de los tucumanos tienen su origen en Medio Oriente. El kipe, las sfijas, los niños envueltos, no pueden faltar en una casa donde se precie la buena comida.

Su música, bailes tradicionales y la belleza de sus gentes conquistaron para siempre el corazón de quienes los recibieron. Hombres de palabra, rectos, llenos de gracia y simpatía, los árabes recién llegados muy pronto fueron parte apreciada de una sociedad abierta y generosa, que siempre vio en ellos ejemplos de trabajo y perseverancia. Por supuesto que en su bagaje cultural, lo primordial era la religión de sus mayores, en la cual habían sido educados. Su comunidad creciente comenzó entonces a agruparse alrededor de la Iglesia Ortodoxa, a la que pertenecían la mayoría de ellos.

TEMPLO LOCAL. La Parroquia Asunción de María Santísima, en Maipú 567.

La comunidad Ortodoxa en la provincia alcanzó un indudable prestigio en la sociedad tucumana, quienes ven en ella una sólida comunidad, que vive su liturgia en la caridad a su prójimo y en los hechos y actos que han granjeado su estimación general.